Guache o coatí de páramo

Guache o coatí de páramo

Nombre científico: 

Nasuella meridensis

Autoridad taxonómica: 

Phylum: 

Clase: 

Orden: 

Familia: 

Género: 

Categoría: 

Criterio: 

B1ab(iii)

Nombres comunes: 

zorro guache, guache paramero, coatí de montaña, coatí andino, coatí merideño.

Sinónimos: 

Nasuella olivacea

Descripción 

Con base en comparaciones morfológicas de pelaje, caracteres craneales y dentales, así como otras de orden molecular, se demostró en 2009 la existencia de dos linajes divergentes dentro del género Nasuella (Helgen et al. 2009), reconociéndose el nombre Nasuella meridensis (Thomas, 1901) como el válido para las poblaciones venezolanas del coatí de montaña (Sánchez y Lew 2012), previamente asignadas a Nasuella olivacea (Gray 1865). Estos análisis para las especies de los géneros Nasua (N. nasua y N. narica) y Nasuella (N. olivacea y N. meridensis) ponen en entredicho la actual clasificación y podrían conducir al reconocimiento de un único género para las cuatro especies (Helgen et al. 2009). El coatí merideño (N. meridensis) es un carnívoro de talla pequeña [longitud cabeza-cuerpo: 430-540 cm (479 ±50,7); longitud de la cola 192-300 cm (242 ±53,9)], que supera en tamaño al coatí de montaña occidental (N. olivacea) [409-487 cm (449 ±19,4); cola 220-270 cm (247 ±15,4)] (Helgen et al. 2009). Se asemeja a los coatíes o zorros guaches comunes (Nasua), aunque es de menor tamaño; sus rasgos morfológicos más distintivos incluyen su característico rostro alargado, una nariz larga y elevada que mueve elásticamente para orientar su olfato o hurgar en el suelo; orejas pequeñas y redondeadas, donde no se aprecian los bordes blanquecinos contrastantes característicos de N. olivacea (coatí de montaña occidental), del cual se diferencia también por su pelaje de color pardo oliváceo con tonalidades pálidas en los flancos y más rojizas en el dorso, pudiendo insinuar una banda dorsal más oscura; su cola también presenta matices claros y oscuros intercalados a manera de anillos, pero es más peluda y los anillos menos contrastantes. Un carácter menos evidente, pero de evidente diagnóstico, es el tamaño de sus dientes, pues aun tratándose de una especie de talla general proporcionalmente más grande que N. olivacea, tiene molares bastante más pequeños (Helgen et al. 2009). No se conocen estudios ecológicos realizados en poblaciones venezolanas del género Nasuella, pero dada su similitud con N. olivacea se presume que su dieta también se componga de forma principal de artrópodos, pequeños vertebrados y frutas, tal como fue determinado para N. olivacea en observaciones y estudios de la dieta y forrajeo en Colombia y Ecuador (Rodríguez-Bolaños et al. 2000, Balaguera-Reina et al. 2009, Ramírez 2011). Se dispone de una sola referencia que menciona el hallazgo de restos de insectos en el contenido estomacal de un ejemplar venezolano (Mondolfi 1987).

Distribución 

Todos los registros conocidos de Nasuella meridensis provienen de localidades circunscritas a la cordillera de Mérida, lo que la convierte en una especie endémica de Venezuela. Según los datos disponibles, fue colectada por primera vez en el país en el año de 1905 por Salomón Briceño Gabaldón e hijos en el estado Mérida; desde entonces ha sido registrada de forma esporádica en otras localidades de la cordillera merideña. Su distribución conocida está restringida a la región biogeográfica de los Andes al occidente del país, en específico en la cordillera de Mérida (Mondolfi 1987, Bisbal 1989). Es poco probable su presencia fuera de esta área de distribución debido a sus marcadas preferencias de hábitat y a ciertas características geográficas del sistema orográfico andino que impiden su dispersión. Sin embargo, aunque no ha sido registrada aún, es factible que se consiga en el estado Lara, donde existen áreas de páramo (Cendé y Los Nepes) y selvas nubladas altoandinas colindantes con el estado Trujillo. Como especie propia de ambientes altoandinos, enfrenta condiciones climáticas extremas (amplios intervalos de variación térmica diaria), siendo colectada u observada en localidades que comprenden bosques nublados montanos altos, matorrales preparameros (chirivitales) y páramos entre los 2400 y 4250 m de altitud (Handley 1976, Aagard 1982, Mondolfi 1987, Bisbal 1989, Eisenberg 1989, Soriano et al. 1990, Linares 1998, Helgen 2008). Considerando este intervalo altitudinal, que se corresponde con las elevaciones para las localidades de los registros conocidos en colecciones nacionales y extranjeras, el área máxima estimada de ocupación disponible (excluyendo áreas intervenidas y ecosistemas xerofítios altoandinos), podría abarcar aproximadamente 4242 km2. El registro más al norte proviene de las montañas conocidas como Tetas de Niquitao (estado Trujillo), que abarca varias localidades en el estado Mérida entre los 2400 metros de elevación en las estribaciones de La Culata (16 km NE de la ciudad de Mérida), zonas aledañas a Timotes, Apartaderos, Santo Domingo y Mucuchíes, hasta alcanzar 4250 metros de altitud en el páramo de Piedras Blancas. Existen otras regiones en las zonas montañosas del occidente de Venezuela que ofrecen, dentro de este intervalo, ecosistemas de páramos y bosques nublados y siempreverdes: 1) cerca de 400 km2 del macizo de El Tamá, donde la presencia de N. olivacea es altamente probable dada la continuidad altitudinal con sus áreas de distribución conocida en la cordillera Oriental de Colombia, y 2) más de 600 km2 de la sierra de Perijá, donde no debe descartarse que N. olivacea pueda alcanzar su distribución más septentrional, o la presencia de una nueva especie diferente a las actualmente conocidas, resultante de un proceso de aislamiento similar al que habría dado origen a N. meridensis. Si bien algunos mamíferos andinos alcanzan sus distribuciones más septentrionales en estas montañas (e.g. Monodelphis adusta, Marmosa waterhousei o Heteromys australis), la depresión del Táchira produce una interrupción altitudinal y ecológica entre los Andes venezolanos y la cordillera Oriental de Colombia, que ha limitado la dispersión e intercambio de otras especies montañosas, como los roedores Chibchanomys trichotis y Oligoryzomys griseolus, que alcanzan el territorio de Venezuela solo en una pequeña porción limitada al páramo de El Tamá (estado Táchira). El género Nasuella se encuentra entre los taxones que lograron superar la depresión del Táchira, sin embargo las poblaciones localizadas al norte (N. meridensis) corresponden a un linaje diferente a las del sur (N. olivacea); similar situación se observa con el insectívoro del género Cryptotys, representado en El Tamá por C. tamensis y por C. meridensis en la cordillera de Mérida. El modelo de distribución para el género Nasuella, basado en modelos de nicho ecológico, concuerdan con la hipótesis del aislamiento geográfico producido por la depresión del Táchira y condujo a sugerir, con base en evidencias moleculares, que pudo haber contribuido a la evolución de dos especies alopátricas, profundamente divergentes (Helgen et al. 2009). Con base en dicho modelo (empleando localidades correspondientes a ejemplares de ambas especies), los autores estiman la superficie potencial de distribución en 19.342 km2 (10.413 km2 de bosques, 5953 km2 de pastizales, 2728 km2 de tierras de uso agropecuario y 249 km2 no identificados) (Helgen et al. 2009). Los páramos constituyen el principal hábitat de la especie y ocupan el bosque (matorral) paramero, los pajonales y pastizales parameros y el páramo andino (sensu Monasterio y Reyes 1980), incluido el «desierto periglacial», donde encuentra alimento (sobre todo lombrices y frutos de Hypericaceae, entre otros) y se han observado suficientes evidencias de su presencia: algunos avistamientos, diversos rastros de su actividad, como madrigueras o cavidades naturales utilizadas como sitios de refugio y maternidad, y animales cazados por lugareños en el páramo de Mifafí (estado Mérida), lo confirman (D. A. Torres obs. pers.). Se desplaza en sus recorridos hacia ecotonos entre las formaciones boscosas-arbustivas y los páramos (D. A. Torres obs. pers.), que exhiben un patrón irregular, modificable por la intervención humana y que se enmarca en una altitud variable alrededor de la cota de los 3000 m (D. A. Torres obs. pers.). El sector de Mucubají, estado Mérida, es un área importante para los coatíes, donde a juzgar por el número de registros y referencias de pobladores locales, se infiere una densidad poblacional en apariencia más elevada que en otras zonas de presencia confirmada (M. Molina com. pers.).

Situación 

Se trata de una especie raramente observada y con escasos registros en museos y colecciones, lo cual sugiere que sus poblaciones son naturalmente bajas en número y densidad, cuya situación no es conocida, sin embargo, es posible inferir de manera indirecta una condición de alta vulnerabilidad como resultado de la pequeña superficie que se estima podría estar ocupando en la actualidad (4242 km2 fragmentados en al menos ocho áreas: las más grandes con superficies estimadas en 3450, 500 y 220 km2, y otras cinco con menos de 20 km2 cada una), y las aceleradas tasas de transformación de los ecosistemas naturales, a consecuencia del uso de la tierra con fines agropecuarios en toda la región. Cabe destacar que su presencia podría abarcar una extensión de hasta 13.559,49 km2. Se ha referido que sufre fuertes presiones de caza y eventuales arrollamientos en carreteras (Linares 1998), no obstante, no se conocen estudios o publicaciones que refieran estos episodios, sitios de incidencia y magnitud, ni sus efectos poblacionales.

Amenazas 

La principal amenaza que podrían estar enfrentando las poblaciones de N. meridensis son las crecientes tasas de transformación y fragmentación de sus hábitats naturales para uso agrícola, que datan, en tono conservador, desde el año 300 d.C. (Wagner 1979). En consecuencia, la cobertura vegetal de los Andes está constituida hoy por un mosaico de secuencias altitudinales y climáticas de bosques, matorrales, sabanas y páramos, cada uno en diferentes estadíos sucesionales. En tiempo reciente, entre 1988 y 2010, los bosques siempreverdes y los bosques nublados de los estados Táchira, Mérida y Trujillo experimentaron una reducción de 40%; solo en el estado Mérida la superficie de bosques nublados se redujo en 57% (de 2580 a 1114 km2) (Oliveira-Miranda et al. 2010). Aunque gran parte de los bosques nublados en los Andes venezolanos se encuentran dentro de los linderos de áreas protegidas, otros reciben fuertes presiones de deforestación y están siendo reemplazados por pastizales para el pastoreo de ganado (Ataroff 2000). Los ecosistemas parameros, que se extienden en fragmentos aislados desde Lara hasta El Tamá (Táchira), con sus mayores extensiones continuas en el estado Mérida, reciben presiones crecientes de colonización, deforestación, monocultivo de papas, cacería e incendios (Oliveira-Miranda et al. 2010). Las pendientes abruptas, características de esta zona montañosa del país, añaden un factor de especial sensibilidad a la erosión, por modificación de su cubierta vegetal, que permite predecir que muchas de las áreas afectadas tienden a impactar por sí mismas otras áreas no necesariamente sujetas a uso directo, en virtud del abrupto gradiente topográfico que caracteriza las zonas donde habita. La presencia de jaurías de perros cimarrones o asilvestrados (Canis familiaris) en algunas áreas silvestres del estado Mérida, representa un riesgo para la supervivencia de algunas de sus poblaciones y las carreteras constituyen otro factor de amenaza, ya que la gran movilidad de la especie resulta en ocasionales arrollamientos al menos en algunos puntos de la carretera trasandina entre los estados Mérida y Barinas (D. A. Torres obs. pers.). También se ha documentado la existencia de una moderada presión de cacería por considerarla una plaga en los cultivos de papa (D. A. Torres obs. pers.), para el uso de su carne y su piel, y para la extracción del hueso báculo (hueso peneano), al cual se le atribuyen poderes afrodisíacos (P. Ramoni com. pers., M. Guerrero com. pers.); también se ha referido el uso de su grasa para aliviar dolores musculares. Las pieles figuran entre los trofeos de cacería más frecuentes en las áreas rurales andinas, evidenciándose así que existe una presión de cacería cuya magnitud necesita ser evaluada. Un estudio sobre los carnívoros de Venezuela concluye que debido a sus requerimientos ecológicos y distribución restringida, sumados a la dinámica de uso antrópico de los ecosistemas andinos, Nasuella meridensis puede ser considerada como el prociónido más vulnerable a las modificaciones de hábitat en el país (Bisbal 1993).

Conservación 

Una porción cercana a 60% del área potencial estimada de ocupación de Nasuella meridensis (4242 km2) se encuentra dentro de los linderos de los parques nacionales Sierra de La Culata (1460 km2), Sierra Nevada (1345 km2) y Juan Pablo Peñalosa en los páramos del Batallón y La Negra (660 km2). Sin embargo, persisten algunas actividades locales que se realizan en zonas próximas o incluso periféricas de las áreas protegidas, lo que permite inferir que menos de ese 60% del área de su distribución puede considerarse a la fecha bajo una protección efectiva.

Ilustrador: 

Autores: 

Daniel Lew, Javier Sánchez-Hernández y Denis Alexander Torres

Cita sugerida: 

Lew, D., Sánchez-Hernández, J. y Torres, D. A. (2015). Guache o coatí de páramo, Nasuella meridensis. En: J.P. Rodríguez, A. García-Rawlins y F. Rojas-Suárez (eds.) Libro Rojo de la Fauna Venezolana. Cuarta edición. Provita y Fundación Empresas Polar, Caracas, Venezuela. Recuperado de: animalesamenazados.provita.org.ve/content/guache-o-coati-de-paramo Jue, 30/03/2017 - 16:38

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Ilustrador: 

  • Pigmalion's Workshop